
Eduardo Vasco
El Eje de la Resistencia señala el camino a todas las masas oprimidas del mundo.
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El genocidio cometido por el régimen terrorista de Israel contra los palestinos, desde el comienzo de la Operación Diluvio de Al-Aqsa, dio inicio a una nueva época de rebelión popular en todo el globo.
La propia operación liderada por Hamás es prueba de ello. Y, como una verdadera rebelión popular, se formó a partir de las masas oprimidas del pueblo, de la organización independiente de los trabajadores, campesinos y de la juventud palestina. Superó los obstáculos burocráticos de la estructura estatal de la Autoridad Palestina -una atadura en las muñecas del pueblo palestino-, que intentó impedir a toda costa la lucha concreta contra la ocupación sionista.
En las naciones atrasadas, un factor esencial para la revolución ha sido la incapacidad de los gobiernos nacionalistas de romper con su política de conciliación con el imperialismo, y la consiguiente elevación de la conciencia popular para superar esa política mediante la organización independiente de los trabajadores y de las masas oprimidas.
Hamás en Palestina, Hezbolá en Líbano, las Fuerzas de Movilización Popular en Irak -y, antes, los talibanes en el Afganistán ocupado por Estados Unidos y los hutíes en el Yemen oprimido por Arabia Saudita-OTAN- son la expresión concreta de esta elevación de la conciencia popular. De hecho, su fortalecimiento, al representar una alternativa a la conciliación y a la colaboración con el imperialismo, los ha convertido en un poder paralelo al poder estatal. La dualidad de poderes no puede durar mucho tiempo, como se vio entre febrero y octubre de 1917 en Rusia.
Es claro que la situación en estos países aún no ha permitido a los trabajadores adoptar una política íntegramente revolucionaria, es decir, proletaria. Hamás, Hezbolá, las FMP y otras organizaciones revolucionarias siguen limitadas a la lucha nacional -para los pueblos árabes e islámicos, la lucha regional es una lucha nacional-. Pero sus acciones ya son pasos fundamentales hacia una política revolucionaria plena: la lucha nacional, una lucha democrática, llevada adelante por un movimiento revolucionario, abre el camino para la caída de todos los explotadores del pueblo -no solo los imperialistas, sino también sus vasallos nacionales.
Los talibanes, así como los hutíes en un tercio de Yemen, tomaron el poder mediante una revolución armada. Hamás, Hezbolá y las FMP siguen sus ejemplos, mientras que los gobiernos oficiales de Palestina, Líbano e Irak permanecen prácticamente inmovilizados, alejándose cada día de las aspiraciones y exigencias de sus propios pueblos, motivados por la lucha de sus vecinos.
Los gobiernos de Ramala, Beirut y Bagdad observan paralizados todas las atrocidades de Israel y de Estados Unidos, la invasión territorial y el exterminio de sus propios ciudadanos, los bombardeos aéreos incluso contra sedes gubernamentales y militares y la humillación cotidiana impuesta por los mayores enemigos de los pueblos árabes e islámicos. Eso cuando no sirven directamente como perros guardianes de los enemigos, encarcelando a sus propios ciudadanos y tratando de desarmar la autoorganización popular.
Efectivamente, las organizaciones independientes de sus respectivos gobiernos son las únicas que están luchando contra el imperialismo y el sionismo en Palestina, Líbano e Irak. En Yemen, los rebeldes -como suelen ser llamados por la prensa internacional desde hace más de diez años-, incluso controlando una parte menor del territorio del país y estando bajo completo aislamiento de la "comunidad internacional", dan una lección de coraje e internacionalismo al lanzar misiles y drones contra Israel y sus aliados, en apoyo a las luchas de liberación de Palestina, Líbano e Irán. Mientras tanto, nadie oye hablar de alguna acción del gobierno impopular y lacayo del imperialismo instalado en Adén.
Con la excepción de Irán -aún bajo los efectos de la Revolución de 1979, la revolución más importante del mundo desde la Revolución China-, no son los Estados los que están luchando por los intereses nacionales de sus pueblos. Son los propios pueblos los que están asumiendo esa tarea. Esto indica claramente la fragilidad de las clases dominantes de los países de la región frente a cualquier inestabilidad política, así como la quiebra de la política de moderación y colaboración de clases con el imperialismo.
Pero se equivoca quien piense que esta evaluación sirve solo para los países de Oriente Medio. El imperialismo estadounidense, con la complicidad y el apoyo del imperialismo europeo, está atacando abiertamente al conjunto de las naciones oprimidas. En América Latina esto es evidente: primero, los bombardeos, el secuestro del presidente Maduro y la subyugación de Venezuela. Ahora, la asfixia económica agonizante de Cuba, mientras Trump se prepara para una agresión militar.
La invasión a gran escala de Venezuela no ocurrió solo porque, al igual que Irán, el régimen del país está fuertemente influenciado por la organización de los trabajadores -y ellos se han armado para enfrentar cualquier invasión-. La burocracia chavista, sin embargo, contuvo la acción de los trabajadores para no cruzar la línea roja que pondría en cuestión su conciliación con el imperialismo y el dominio conjunto sobre el país. En otras palabras: por miedo a la revolución proletaria, alimentada por la guerra de todo el pueblo contra el imperialismo, el PSUV prefirió un acuerdo con el imperialismo, entregando una parte significativa de la soberanía nacional para mantenerse en el poder.
En Cuba, los trabajadores están en el poder desde hace más de 60 años. Y están armados. Pero la pobre isla es, naturalmente, una nación aislada. Y peor aún: Estados Unidos está a solo unas brazadas de distancia. Cuba, que ya sufría un bloqueo económico extenuante desde los primeros tiempos de la revolución, vive sus peores días. Y ningún gobierno "amigo" está haciendo nada para ayudarla, con excepción de Rusia. México, que está al lado, tiene un gobierno de izquierda que no quiere desagradar a Estados Unidos y se rompe la cabeza buscando una manera de mostrar a sus electores que no dejará sola a Cuba, pero sin afectar las relaciones con Washington.
Por su parte, el gobierno de Lula en Brasil prefiere meter la cabeza bajo tierra e ignorar la situación en Cuba. Los únicos que se mueven, especialmente en Brasil, son los movimientos populares, que están organizando campañas de recaudación de fondos para la compra y envío de materiales a Cuba, como paneles solares, medicamentos, etc. Activistas internacionales acaban de llevar embarcaciones independientes con ayuda humanitaria a la isla, atravesando el océano Atlántico y el Caribe, exponiéndose al riesgo de ser interceptados por la patrulla marítima de Estados Unidos -un obstáculo presentado por los gobiernos de izquierda como justificación para no enviar ayuda a Cuba.
Así, en América Latina también se expresa la autoorganización popular como contrapunto a la parálisis y cobardía de los gobiernos nacionalistas de colaboración de clases con el imperialismo. Acciones de solidaridad, aunque más simbólicas que concretas, son señal de un aumento de la conciencia proporcionado por la agudización de la lucha de clases a nivel mundial, manifestado sobre todo por la lucha nacional en los países oprimidos por el imperialismo.
Pero en la propia Europa la lucha también se está intensificando. Multitudes han salido a las calles contra el genocidio en Gaza y en apoyo a la guerra de liberación nacional de los palestinos. El volumen de la presión popular, con manifestaciones radicales, huelgas y bloqueos de transporte, obligó a algunos gobiernos imperialistas a fingir que se oponen a toda la devastación de la cual son cómplices. Pedro Sánchez puede engañar a los más ingenuos, pero solo elevó el tono de su retórica supuestamente progresista porque su gobierno es frágil y depende del apoyo de parte de los trabajadores y de la clase media liberal, que se conmueve con el sufrimiento de mujeres y niños palestinos.
El escenario político internacional se agravará a medida que la economía capitalista entre en colapso por sus propias contradicciones, por las burbujas financieras, la sobreproducción industrial y la necesidad de abrir mercados, cuyo uso de la fuerza genera respuestas de naciones soberanas como Irán, China y Rusia, cerrando rutas como el estrecho de Ormuz y acelerando la crisis mundial.
A medida que se agraven las tensiones políticas entre el imperialismo y las naciones oprimidas, también las perspectivas internas -de la burguesía nacional y demás clases dominantes, por un lado, y de los trabajadores, campesinos y masas oprimidas, por otro- se mostrarán cada vez más distantes entre sí. La burguesía nacional, en cada país atrasado, demuestra diariamente su total incapacidad para atender los intereses nacionales, con capitulaciones sucesivas ante las exigencias de los banqueros e industriales internacionales, con ataques a los derechos y a la calidad de vida de sus propios pueblos.
El Eje de la Resistencia señala el camino a todas las masas oprimidas del mundo: ellas son las únicas capaces de defender los intereses nacionales y pueden hacerlo por sí mismas, sin depender de la dirección de las clases dominantes, saboteadoras, traidoras y enemigas de la nación.
Sin embargo, por más importantes que sean las acciones por fuera del aparato estatal, son solo una forma de acumulación de fuerzas para la preparación de algo mayor: la toma del propio aparato del Estado, que está en manos de las clases explotadoras. El Estado es el poder superior, el mecanismo mediante el cual las clases hasta ahora explotadas finalmente podrán ser dueñas de la sociedad y garantizar los intereses y necesidades de las amplias masas populares.
La toma del poder del Estado, es decir, la revolución social, es la realización efectiva de la liberación de las naciones oprimidas del yugo imperialista -y, así como en las naciones ricas, también la liberación respecto de sus propias clases explotadoras-. Mientras la organización popular no tenga claridad sobre este objetivo, no rompa con todas sus ilusiones en la burguesía y sus instituciones, la autoorganización no podrá avanzar, carecerá de perspectiva y, por tanto, correrá el riesgo de retroceder y ser pulverizada por el imperialismo y sus lacayos nacionales. La lucha cotidiana contra la conciliación de clases, el armamento del pueblo y la unidad de los obreros con los campesinos en partidos y frentes revolucionarios, la difusión masiva de las luchas de los pueblos de Oriente, son el camino para elevar la conciencia popular en la preparación de la gran rebelión de los pueblos del siglo XXI.